El influjo de esta noche de verano se
manifiesta a través de una arcada. Las secretas y urgentes ganas de
vomitar se presentan de forma inesperada pero con un cierto tufillo
a predestinación que asusta. Es la primera vez, después de mucho
tiempo, que escribo algo que es verdad, que no me impongo a mí mismo
como buen aprendiz de escritor que necesita forzarse a sí mismo para
aprender de la artesanía. Esta vez sí. Esta vez las palabras
escuecen en los dedos al golpear el teclado. Y por una vez no es
melancolía lo que me devora, lo cual innova en mi top five de
sentimientos; es más bien una rabia contaminada de esos años de
neblina gris en los que ha sido más placentero estar con los ojos
cerrados y a oscuras, asfixiado por el aire viciado que yo mismo he fabricado al no ventilar este batiburrillo de amargas sensaciones.
He comprendido que ahora verdaderamente
necesito escribir esta historia. Había aprendido a eludir de mi
diccionario la palabra “necesitar” por cuestiones de
supervivencia, pero hoy ese condenado término brilla incandescente
en mi conciencia, como cuchillos de Luz que atraviesan de un plumazo
cualquier tipo de excusa inventada.
He comprendido que tengo una misión. Y es que algún día querré leer
con las manos arrugadas y la misma mirada de niño ingenuo que no
pidió vivir en este purgatorio ese cuento que tantas noches me robó.
O al menos querré que el epitafio de mi tumba pueda ser cierto
y no mienta a quien me visite al decir que allí hay alguien descansando en paz.
No soporto dejar nada en manos del
azar. Menos aún algo como puede ser olvidarte. Tu huida de este
corazón inhóspito no será accidental. Empezaré a creer en maleficios
o en otras artes oscuras si así puedo conseguir por mi propia mano
librarme de esa electricidad que recorre mis huesos y que otra vez
ha vuelto a fulminar mi caparazón ante el momento de volver a
encontrarnos. No es justo poeticamente que sigas brillando entre el
bullicio de una forma tan atractiva y peligrosa, o que siga teniendo que clavarme
las uñas en las manos mientras converso contigo con una correctísima
frivolidad, con el fin de que en un arrebato no me dé por amarrarme a ti hasta deshacerme en mis propias mentiras. No debería ser tan cabrón
el destino con sus obstáculos.
Porque tú me pides que te abrace a
media luz, como si fuese tan fácil, como si a mi me quedasen fuerzas
para enfrentarme de nuevo a esos ojos fulgentes que desinflan la
parte irreal en la que me he refugiado. Ya no puedo correr el riesgo
de rascar las heridas de lo que no tiene cura. Me hubiese sacado
los ojos si hubiese servido de algo, pero la
memoria y el resto de sentidos son siempre más rápidos. Saben castigar mis flaquezas. Y
para más inri me condenas con esa verborrea y esas sonrisas que se cuelan por mi piel
como un veneno que hará efecto horas más tarde, pues a la vez me
suministras un antídoto que me anestesia de todo dolor, de todas las
horas muertas lamentando la imposibilidad de un futuro frustrado y de
todas las lágrimas con sabor a derrota que me he tragado.
Escribiré esta historia por puro egoismo, sin más intención que la de ahuyentar incógnitas. Ahora toca encontrar con qué verosimilitud cuenta esta estructura dramática Personajes que no
evolucionan, conflictos que se repiten. Una vez más la lógica de la
ficción se queda corta frente a la de la realidad. Tú en este caso tienes que saber por qué,
pues tú eres el anfitrión de mi caja de Pandora, aquel que
convive junto a la Esperanza en un reino cuya tapadera, seguramente,
jamás se desprendará de mi secreto.