Tenía
que decidir, como cualquier escritor. Tenía que decidir si creer o no. Pero es
que yo no tenía opción porque siempre he creído. No sé las razones, pero os aseguro que yo siempre he creído.
Y es
que yo creía en el calor. Pensaba que era posible derretir cualquier bloque de hielo. Dentro de mí ardía la
insolente certeza de que la escarcha de cualquier corazón podría evaporarse con mucho calorcito.
Creía, también, en el agua tibia que erosiona despacio, sin prisa, sin descanso. Estaba
seguro de que se podrían pulir las escarpadas rocas del camino con eternos torrentes de agua adulce. Las abuelas lo saben bien: el agua tibia y dulce y la
constancia eliminan cualquier clase de mancha. Sea cual sea. ¿Quién era yo para contradecir a la sabiduría popular?
Además creí, al principio, en el poder de las palabras. Después, en el de las
acciones. Al final, un día, me vi arrastrado por una especie de magma hacia ningún
lugar porque nada me sirvió. Porque nada me complació.
Y por
último creía en mí. Sí, creía en mí más que en nada o en nadie. Ese ha debido de ser el
error, puesto que en el soñar descansa la feliz idea de que la oscuridad no dura para siempre. Que en cualquier momento aparecerá un resquicio de luz que nos
salvará. Pero la fe mueve montañas, no las ilumina.
Pues
así es, yo creía. Y, en ocasiones, sigo creyendo. Pero cada vez un poquito
menos. A veces la penumbra hace ademán de desvanecerse, sin embargo después me doy
cuenta de que no es más que mi vista que se ha acostumbrado a las tinieblas.
Será
eso. Será que nos hemos acostumbrado a creer en el cambio; y por eso el cambio
se ha acostumbrado a que nosotros siempre acabáramos creyendo a ciegas en él .
Será
eso. Será que, a lo peor, ha llegado el momento de despertar de este largo sueño.