Desde
luego, el momento no podía ser de lo más inoportuno. Para uno era demasiado pronto. Para
el otro, demasiado tarde. Aun así todo el calor que desprendían el asfalto y las fachadas se
concentró en sus ojos negros y verdes, en sus ojos rojos y blancos, en sus sonrisas
impresas. En la de uno ponía “recién pintado”. En la del otro ya volvía a haber
desconchones.
Y al principio nadie supo qué decir. Qué
complicado resultaba. Sonreían. La voz no salía. Era como en esas
pesadillas que ambos habían tenido. Uno las había seguido padeciendo hasta el momento. El otro, sin embargo, las soñó todas de golpe. Contenían las respiraciones para no deshacerse, para no rehacer lo que fueron,
para no tener que ver lo Nuevo.
Apenas
fueron unas décimas de segundo. Hay quien dice que ambos pasaron por el mismo proceso y
hay quien lo cuestiona. Se quisieron, se odiaron, se echaron de menos, se
sintieron vencedores y después vencidos, se dieron cuenta de que ahora
respiraban, se sintieron marchitos, se rieron a carcajadas, se
hurgaron en las llagas secas y frescas, se desearon, se dieron asco, se reconocieron y a la
vez se extrañaron. Se volvieron a enamorar. Como si jamás hubiese ocurrido lo que ninguno recordaba: uno porque no podía; otro porque no sabía.
Al
final las palabras brotaron. Nadie nunca dudó jamás de si se dijeron algo interesante. No obstante las palabras fluyeron gráciles, orgánicas, como espirales azules y vaporosas
que nacían de sus labios y morían prematuramente en la punta de sus narices. Qué fácil les resultó. Pudieron volver a hablar.
Con el tiempo se olvidaron de esos instantes previos al primer reencuentro. Ninguno sospechó que la vida
podría esconderse ahí, en esas fugaces décimas
de segundo que no se pueden reconstruir, que no les pertenecen. De repente los
muros se desplomaron en un parpadeo, sin embargo no pudieron ver lo que tras
ellos se escondía. Tal vez algo en ellos no quería verlo. Tal vez fuese un
secreto.
Hay que quedarse con lo importante. Lo importante es que pudieron volver a hablar. Lo importante
es que nunca hablaron sobre esas fugaces décimas de segundo sin importancia.