martes, 24 de marzo de 2015

Contra lo heredado

Permíteme que esta noche prefiera
ver el árbol en vez del bosque
mirarte al dedo antes que a la luna
o fijarme en la paja de tus párpados
y no en mi pupila llena de viga.

miércoles, 18 de marzo de 2015

El dilema del guardia forestal

A veces creo que el árbol no me deja ver el bosque.

Y otras creo que es el bosque el que no me deja ver el árbol. Hoy me he fijado en él. Y he observado sus ramas eternas, su corteza dura y húmeda. He aspirado su olor a resina. Incluso me he parado a ver cómo las hormigas trepan poco a poco por él, como si mereciera la pena subir hasta allá arriba. Como si mereciera la pena ver el bosque.

Ahora el viento sopla entre el resto de árboles. "Cállate, bosque, ¿no ves que de momento me apetece fijarme en este árbol?" Será igual que los demás. O no lo será. Pero déjame averiguarlo.

lunes, 16 de marzo de 2015

De paso (Cuentecillo insulso que se va improvisando)

Últimamente, los viernes por la noche, me voy al bar de abajo. Me pinto los morros de rojo, me pongo mi vestido violeta, el de las mangas negras, y me tomo algún que otro gin tonic. Yo sola. Me ha dado por ahí. No es extraño que se me acerque algún chico, a veces más chico y a veces menos. Sea quien sea yo le doy bola. Y si la cosa fluye con facilidad acabo subiéndomelo a casa.

Esta noche estoy con pocas expectativas. Sé que alguno vendrá a intentar ligar conmigo, sin embargo no tengo muchas ganas de fiesta. No me hace falta un espejo para poder verme a mí misma. Basta con salir de mi cuerpecito y mirarme desde fuera. Allí estoy yo tomándome un buen copazo, manchando el borde del vaso con ese carmín que anuncia guerra. También me miro el escote exagerado, qué poco me pega. Es un buen reclamo, una forma inteligente de atraer moscones. Supongo que mi voluptuosidad se contrarresta con mi soledad demoniaca, la cual me da un aire medio interesante. Pero esa no soy yo. Lo sé de sobra yo y lo saben todos los que me rondan.

Se me acaba de acercar un hombre joven y guapo, como a mí me gustan. Moreno. Muy moreno. Tan moreno que deja en ridículo mi entreteto blanquecino. Tiene una mirada intensa. Y una sonrisa bonita. Qué pereza siento. Esto ya me lo conozco.

-Qué sola estás, ¿no?

Debería coger mi bolso y marcharme sin pensármelo dos veces pero, qué narices, tan tópica ha sido su entrada que me ha puesto cachonda. Comienzo a hablar con él. Creo que no le escucho. No puedo. Y lo intento pero no puedo. Sólo me quedo con una de sus frases.

-Yo mañana me voy. Estoy aquí de paso.

Desde luego que estás aquí de paso. No hace falta que te reafirmes, porque en ningún caso necesito que te quedes. Hay personas que estamos destinadas a ser una estación de paso. Y hay otras que están destinadas a pasar por esas estaciones de paso. Así de simple y de redundante. Así de doloroso.

Al final me lo subo a casa. Ya estoy borracha. Lo arrastro de la mano como si quisiese guiarlo a algún lugar. Definitivamente esa no soy yo. El ascensor no llega nunca. El tiempo se ha detenido. Aún no le he dado ni un solo beso. Él tampoco se ha lanzado. Sólo me mira. Me mira como si quisiese desentrañarme. O violarme. Tranquilo, cariño, hoy es tu noche y vas a mojar. La treintañera sexy de morros rojos se va a abrir de piernas.

Entramos en mi casa. Parece que le gusta, y no sé por qué, pero me molesta que le guste. Creo que le gusta más de lo que te gustaba a ti. No sé si está interesado en la decoración  o directamente está pensando en dónde follarme. Pues yo soy mucho de cama, además me reservo otros lugares para personas más especiales
.
-Me gustan las chicas ordenadas.

Ya. Tienes razón. Me paro a ver cómo tengo colocado cada mueble, cada libro, cada objeto de la casa. Todo está concienzudamente bien situado para que no se note quién soy. Esta casa hoy no habla por mí.  Está demasiado limpia, como si nadie viviese allí. Tal vez nadie viva. Observo que me había dejado dos lágrimas sobre la mesita del dormitorio. Debieron caérseme esta tarde, mientras te pensaba. Con disimulo paso mi manga y las limpio. En esta casa nunca ha llorado nadie, mejor que le quede claro.

La cama está en su sitio y perfectamente hecha. Hace unos meses el colchón estaba en el suelo, desecho y sucio. El suelo ahora brilla. Antes estaba lleno de migas de patatas fritas, latas de cerveza, colillas de porros y condones usados. Ahora ya no es mi casa. Ya no es mi hogar. No sé lo que es.

En lo que me he parado a pensar en todo esto a él le ha dado tiempo a desvestirse. Se nota que me tiene ganas. ¿A qué esperar? Hago lo mismo. Y yo le follo y él me folla, no sé en qué orden. Tampoco me interesa saberlo. Y cuando acaba se mete en la ducha. Le sigo porque no me fío. Sé que no me va a robar, pero no me fío.

En efecto tenía motivos para sentir ese miedo tan terrible. A través de la mampara he visto que ha usado el gel que tú usabas siempre. El de avena, el que tiene el pe hache neutro. Lo tenía escondido entre mis champús, acondicionadores y mascarillas, pero el cabrón lo ha encontrado y se lo ha echado como si estuviese ahí para él. Me siento violada. Podría haberme follado cuantas veces quisiera y por donde quisiera. Podría haberse corrido donde más le gustara. Pero que no toque ese gel. Es tuyo. Y es lo único que queda tuyo en esta casa. No se merece oler como tú. Me dan ganas de entrar en la ducha y estrangularlo con la alcachofa. Sí, que muera lentamente por violador. Por hereje. Quiere oler a ti y después querrá dormir conmigo, sin pagar las consecuencias. Pero yo no hago nada. Qué rabia, nunca hago nada. Me pide una toalla y yo se la doy. Pero, eso sí, le doy la más vieja que tengo. La más fea. No la que te reservaba a ti. No, esa no.

Yo no me quiero duchar. Me tumbo en la cama y espero a que vuelva con los ojos cerrados. Pienso en lo que voy a decirle, si que se vaya o que se quede. En fin, que se quede. Hace frío y la calefacción está apagada.

Vuelve. Me pide una camiseta para dormir, pero le digo que no tengo. Claro que tengo, pero sí tiene cojones para follar conmigo en pelotas que no quiera ahora vestirse para dormir a mi lado, ¿no te parece?. Se tumba desnudo y me abraza. Me da un poco de asco, pero finjo que me da igual. "Aléjate, porfa. Bueno no, abrázame que tengo frío. No sé, mejor dejemos que corra el aire." Al final decide él: me envuelve y me inmoviliza. Y en silencio le doy las gracias.

-¿Cuándo te ibas?

-Mañana.

Es verdad. Está de paso. Ni mi almohada manchada de mi carmín y de su semen ni mi casa perfectamente ordenada van a lamentar su ausencia. Mañana comenzará de nuevo el ritual. Tengo ganas. Los chicos de paso sí sabéis abrazarme por las noches.

martes, 10 de marzo de 2015

Un corazón roto (FAQs)

¿Por qué se rompe un corazón?

La respuesta es sencilla, que no simple. Un corazón se hizo para romperse. Está en su naturaleza, y por tanto el quebrantamiento de este órgano vital no es sino un rito de paso por el que todo ser humano transita en algún momento de su vida. Hay quien lo recuerda, y hay quien no. Esto no es necesariamente un síntoma de mala memoria; a veces se nos olvida y a veces lo olvidamos.



¿Cómo se rompe un corazón?

Existen muchas maneras, pero la más frecuente es aquella en la que dicho corazón se revienta por el impacto de un golpe seco y contundente. Por desgracia nuestra fisionomía no está preparada para estos golpes, con lo cual la asfixia es casi instantánea y la hemorragia está propulsada por el impacto. A veces el shock dura unos instantes, eso depende del corazón y del tipo de golpe; puesto que puede ser un golpe que de alguna forma se podía prever (en este caso la recuperación es más rápida) o de lo contrario puede ser uno de esos golpes que vienen un martes cualquiera a las 19:36 de la tarde mientras estás haciendo la compra para hacer magdalenas esa misma noche. En este último caso la recuperación es más lenta y dolorosa, y la mayoría de las veces deja severas secuelas.

En ambos casos el corazón se rompe en añicos. No hay otra forma. Está (mal)diseñado biológicamente para ello. Así nos pasa, que después nos tiramos un buen rato buscando cada pedacito. Rara vez los encontramos todos, y por eso no nos queda más remedio que dejar el corazón a medio completar. Cuantos más golpes se recibe, más trocitos de corazón se pierden.



¿Cúal es la mejor forma de arreglar un corazón?

Lo más saludable es tener tanto tiempo como paciencia. Si se carece de una los dos prosperar será complicado. Al revés que con los huesos, los años consiguen que cada vez los añicos de corazón suelden con más facilidad. Es aconsejable nada más haber sido diagnosticado de corazón roto expulsar lágrimas cada poco tiempo, dependiendo de la necesidad que aparezca en el paciente. No obstante se receta no abusar de ello, pues puede ser adictivo. Pero es imprescindible hacerlo. Las lágrimas que no se lloran se acumulan en el organismo, se bajan hasta el pecho y se cuelan entre los pedacitos de corazón con el fin de disolver ese “pegamento” que los une. También es conveniente refugiarse en la fisioterapia. Los abrazos de aquellas personas que vieron nuestro corazón entero y a las que no le importa tratarnos hasta su curación favorecen en un grado altísimo la recuperación del paciente. No temer a la sobredosis.



¿Cómo sé si se me ha roto el corazón?


 Eso es difícil de saber. No siempre se tiene claro desde el instante de la contusión. Hay corazones que parece que se rompen y sin embargo cuando se realizael chequeo se demuestra que sólo se ha tratado de un rasguño. También hay circunstancias en las que creemos que el golpe no ha afectado en absoluto y cuando profundizamos en el análisis observamos unas microfisuras que no dejan de gotear. Este caso en concreto es extremadamente peligroso, ya que puede parecer que el paciente está sano y en realidad el dolor está siendo tan insoportable como el que más. El corazón se encuentra íntegro, sin embargo terminará por romperse antes o después, por lo que hay que tener especial precaución debido a que el mínimo golpe, el que menos te esperas, provocará unos añicos diminutos, y se correrá el peligro de que el viento se los lleve volando. Sí, el viento es el archienemigo de los que tienden a tener grietas en el corazón: cuando no se lleva sus trozos, se lleva sus palabras.