Últimamente,
los viernes por la noche, me voy al bar de abajo. Me pinto los morros de rojo,
me pongo mi vestido violeta, el de las mangas negras, y me tomo algún que otro
gin tonic. Yo sola. Me ha dado por ahí. No es extraño que se me acerque algún
chico, a veces más chico y a veces menos. Sea quien sea yo le doy bola. Y si la cosa fluye
con facilidad acabo subiéndomelo a casa.
Esta
noche estoy con pocas expectativas. Sé que alguno vendrá a intentar ligar
conmigo, sin embargo no tengo muchas ganas de fiesta. No me hace falta un
espejo para poder verme a mí misma. Basta con salir de mi cuerpecito y mirarme
desde fuera. Allí estoy yo tomándome un buen copazo, manchando el borde del
vaso con ese carmín que anuncia guerra. También me miro el escote exagerado,
qué poco me pega. Es un buen reclamo, una forma inteligente de atraer moscones.
Supongo que mi voluptuosidad se contrarresta con mi soledad demoniaca, la cual me da un
aire medio interesante. Pero esa no soy yo. Lo sé de sobra yo y lo saben todos
los que me rondan.
Se me
acaba de acercar un hombre joven y guapo, como a mí me gustan. Moreno. Muy
moreno. Tan moreno que deja en ridículo mi entreteto
blanquecino. Tiene una mirada intensa. Y una sonrisa bonita. Qué pereza siento.
Esto ya me lo conozco.
-Qué
sola estás, ¿no?
Debería
coger mi bolso y marcharme sin pensármelo dos veces pero, qué narices, tan
tópica ha sido su entrada que me ha puesto cachonda. Comienzo a hablar con él.
Creo que no le escucho. No puedo. Y lo intento pero no puedo. Sólo me quedo con
una de sus frases.
-Yo mañana
me voy. Estoy aquí de paso.
Desde
luego que estás aquí de paso. No hace falta que te reafirmes, porque en ningún
caso necesito que te quedes. Hay personas que estamos destinadas a ser una
estación de paso. Y hay otras que están destinadas a pasar por esas estaciones
de paso. Así de simple y de redundante. Así de doloroso.
Al
final me lo subo a casa. Ya estoy borracha. Lo arrastro de la mano como si quisiese guiarlo a
algún lugar. Definitivamente esa no soy yo. El ascensor no llega nunca. El
tiempo se ha detenido. Aún no le he dado ni un solo beso. Él tampoco se ha
lanzado. Sólo me mira. Me mira como si quisiese desentrañarme. O violarme.
Tranquilo, cariño, hoy es tu noche y vas a mojar. La treintañera sexy de morros
rojos se va a abrir de piernas.
Entramos
en mi casa. Parece que le gusta, y no sé por qué, pero me molesta que le guste.
Creo que le gusta más de lo que te gustaba a ti. No sé si está interesado en la
decoración o directamente está pensando
en dónde follarme. Pues yo soy mucho de cama, además me reservo otros lugares
para personas más especiales
.
-Me
gustan las chicas ordenadas.
Ya.
Tienes razón. Me paro a ver cómo tengo colocado cada mueble, cada libro, cada
objeto de la casa. Todo está concienzudamente bien situado para que no se note
quién soy. Esta casa hoy no habla por mí.
Está demasiado limpia, como si nadie viviese allí. Tal vez nadie viva. Observo que me había dejado dos
lágrimas sobre la mesita del dormitorio. Debieron caérseme esta tarde, mientras
te pensaba. Con disimulo paso mi manga y las limpio. En esta casa nunca ha
llorado nadie, mejor que le quede claro.
La cama
está en su sitio y perfectamente hecha. Hace unos meses el colchón estaba en el
suelo, desecho y sucio. El suelo ahora brilla. Antes estaba lleno de migas de
patatas fritas, latas de cerveza, colillas de porros y condones usados. Ahora
ya no es mi casa. Ya no es mi hogar. No sé lo que es.
En lo
que me he parado a pensar en todo esto a él le ha dado tiempo a desvestirse. Se
nota que me tiene ganas. ¿A qué esperar? Hago lo mismo. Y yo le follo y él me
folla, no sé en qué orden. Tampoco me interesa saberlo. Y cuando acaba se mete
en la ducha. Le sigo porque no me fío. Sé que no me va a robar, pero no me fío.
En
efecto tenía motivos para sentir ese miedo tan terrible. A través de la mampara
he visto que ha usado el gel que tú usabas siempre. El de avena, el que tiene el pe hache neutro. Lo tenía escondido entre mis champús, acondicionadores y mascarillas, pero el cabrón lo ha encontrado y se lo ha echado como si estuviese ahí para él. Me siento violada.
Podría haberme follado cuantas veces quisiera y por donde quisiera. Podría
haberse corrido donde más le gustara. Pero que no toque ese gel. Es tuyo. Y es lo
único que queda tuyo en esta casa. No se merece oler como tú. Me dan ganas de
entrar en la ducha y estrangularlo con la alcachofa. Sí, que muera lentamente
por violador. Por hereje. Quiere oler a ti y después querrá dormir conmigo, sin pagar las consecuencias. Pero yo no hago nada. Qué rabia, nunca hago nada. Me pide una toalla y yo se la
doy. Pero, eso sí, le doy la más vieja que tengo. La más fea. No la que te
reservaba a ti. No, esa no.
Yo no
me quiero duchar. Me tumbo en la cama y espero a que vuelva con los ojos cerrados. Pienso en lo que
voy a decirle, si que se vaya o que se quede. En fin, que se quede. Hace frío y
la calefacción está apagada.
Vuelve.
Me pide una camiseta para dormir, pero le digo que no tengo. Claro que tengo,
pero sí tiene cojones para follar conmigo en pelotas que no quiera ahora vestirse
para dormir a mi lado, ¿no te parece?. Se tumba desnudo y me abraza. Me da un poco de asco,
pero finjo que me da igual. "Aléjate, porfa. Bueno no, abrázame que tengo frío.
No sé, mejor dejemos que corra el aire." Al final decide él: me envuelve y me inmoviliza. Y
en silencio le doy las gracias.
-¿Cuándo
te ibas?
-Mañana.
Es
verdad. Está de paso. Ni mi almohada manchada de mi carmín y de su semen ni mi
casa perfectamente ordenada van a lamentar su ausencia. Mañana comenzará de
nuevo el ritual. Tengo ganas. Los chicos de paso sí sabéis abrazarme por las
noches.