lunes, 14 de diciembre de 2015

He vomitado polvo de estrellas

En un año me ha dado tiempo a escribírtelo casi todo. En forma de carta, de poema, de cuento, de escena.

He vomitado polvo de estrellas. Ahora que lo miro, sigo notando la garganta irritada, el amargo de la bilis en el paladar. Los ojos enrojecidos. Observo eso que reconozco como mío, el germen de la vida, de la que no se vivió ni se vivirá. De la que estamos olvidando sin maldad en las sonrisas.

Sobrevivo a base de mis confesiones, de vomitonas, de arroparme con las historias que he ido tejiendo con tanta rabia contenida. No sé cuánto calor proporcionan, yo creo que tú me proporcionabas más. Ya nadie me lo pregunta. Ya nadie te nombra aposta. De vez en cuando alguien sufre un déjà vu al deslizar tu nombre por sus labios. De vez en cuando yo mismo, y comprendo que esto es para siempre: unas veces contigo: unas veces sin ti.

Voy a seguir durmiendo. A seguir despertándome entre espasmos. Qué bien se duerme ahora que no estás. Qué bien se sueña. Qué bien se está.

No me acostumbro a estar bien. Será por eso que me meto los dedos y me provoco el vómito. Y el polvo de estrellas lo inunda todo. Los ojos enrojecidos. La vida inundando las flores marchitas trae consigo la esperanza. 

domingo, 1 de noviembre de 2015

No te mueras

Yo no quería desearle la muerte a nadie. ¿Qué mecanismo se debe activar en un cerebro humano para  llegar a verbalizar algo así? No sé, quiero enfocarlo desde un punto de vista científico. Achacarlo a alguna hormona maligna, a una especie de reacción química, a un impulso fruto de algún trauma que no fue sanado en su momento.

¿Cómo se desea la muerte y se sigue adelante? Es cierto que yo no tengo ninguna relación con la muerte. Creo que es esto lo que verdaderamente me mantiene en la ínsula de los niños. Ya no sé si por suerte o por desgracia, pero yo no he sido sometido a ese rito de paso que es el de mirar a la muerte a la cara. La muerte aún no está ahí para mí. Sospecho que me aguarda escondida, la muy cabrona, y seguramente me sorprenderá cuando menos lo espere. Pero hoy no la veo, no la siento cerca. La muerte aún no existe por más que escuche sobre ella.

Esto no son más que circunloquios para retrasar mi pequeña confesión. Verás, yo no quería que te murieras. No. No quiero que te mueras. No puedes morirte. Ya hemos puesto demasiada distancia entre medias. No podría soportar un solo centímetro más. Me da igual que tu muerte, a efectos prácticos, no fuese a cambiar nada. Estás bien ahí, en el lado oculto de la luna, existiendo y haciendo las cosas que solías hacer, aunque ya sea sin mí. No necesito volver a hacerlas contigo, sólo necesito saber que sigues haciéndolas, aunque no las vea ni conozca sobre ellas. Y que desde lo invisible sigas estando como has estado hasta ahora. Estar es más que suficiente. Quizá saber que estás sea el premio de consolación del cobarde.

Puede que si te mueres se rompa el hilo que nos mantiene unidos. Te confieso que había llegado a pensar que ese hilo no era sino producto de mi imaginación, de mi incontrolable deseo de que exista, pero cada vez lo siento más presente. Apenas me oprime ligeramente el dedo meñique de mi mano derecha, por lo que es fácil olvidarme de él. Hacer como que no está ya resulta sencillo. Pero si lo pienso lo siento, y si lo siento es que sigue ahí. No te mueras, anda. No cortes el hilo. Tira de vez en cuando de él, que yo sonrío aunque no se me note. Que yo me alegro aunque no me atreva.

Y si te mueres que no sea por mí. Y si te mueres que yo no me entere, sigamos con el plan pactado. Si te mueres que sea porque tú has querido, no porque yo haya dicho que lo deseaba.


Yo no quiero desearle la muerte a nadie. Mucho menos a ti. Sé que ya no puedo hacer nada excepto mantenerle fe a la coherencia. Eso, y repetir para mis adentros, cada pocas horas y como un mantra, este pequeño mandato: “No te mueras”. No te mueras, por favor. Y si te mueres no me lo digas. Si te mueres sigue tirando del hilo. Con eso debería valer.

Pero si no te mueres, mucho mejor.

domingo, 6 de septiembre de 2015

En el fondo

En el fondo sigues mirándome como quien contempla el mar por primera vez, tratando de preguntarlo todo para saberlo todo, para no perder ningún detalle de lo que puedes ver y, sobre todo, de lo que no puedes ver bajo la tranquilidad de las olas.

En el fondo me sigues abrazando como si nunca hubieses dejado de hacerlo, como si de pronto necesitaras agarrarte a mí para no terminar de caerte, o para que yo no termine de largarme, o para detener con tus brazos el terremoto que ya está en marcha y que sabes que no se puede parar.

En el fondo siguen siendo inevitables las caras de tontos, los picores en la espalda tan molestos pero tan placenteros de rascar, la rabia que da ese hipnótico remolino que no deja de marearnos y de hacernos vomitar por no saber soportarnos.

En el fondo sigues escupiéndome verdades a la nariz para después poder limpiármela con las manos sucias.  



En el fondo tú también estás entendiendo que todo ha cambiado y que, sin embargo, no hemos avanzado nada.




En el fondo, sí. Muy en el fondo. Es decir, allí donde tú te encuentras.


En el fondo, sí. Muy en el fondo. Es decir, allí donde yo me pierdo.





martes, 25 de agosto de 2015

Romance castellano

Feliz cuarto aniversario, botoncito mío. Espero que tú también te hayas acordado. Tranquilo, que en caso de que no haya sido así mi carta te lo recordará. Hoy, justo hoy, hace ya cuatro años que nos conocimos. Qué jóvenes éramos entonces. Parece que ha pasado mucho más, ¿verdad? Parece que no nos hayamos separado en siglos. ¿También tú tienes esa sensación?

Hace cuatro años, botoncito mío… Hace cuatro años ya que me paraste en las fiestas de aquel pueblo perdido de Castilla, vestido de verde y naranja y con esa sonrisa demoniaca, sólo para decirme lo guapa que estaba. Qué mentiroso me pareciste entonces, y cuánto más me lo pareces ahora. Pero tus mentiras… en ese instante tus mentiras pasaron a ser un dogma cuya estela sólo se podía o seguir a ciegas o abandonar sin reproches.

En la verbena de la plaza sonaba Highway to hell, de AC/DC. Estoy segura de que eso sí lo recuerdas. Estoy segura. Otra cosa no, pero tú buena memoria has tenido siempre. No sé si fue por el temazo que la orquesta destrozaba sin piedad, o por el garrafón de la última peña a la que fui con mis amigas, o porque tus mejillas iban a estallar en cualquier momento; sin embargo me venciste. Me venciste con sólo un piropo. Con nada más que llamarme “guapa” yo ya sabía que íbamos a pasar más de cuatro años juntos. Llámame estúpida, pero los dos siempre fuimos algo místicos, botoncito mío.

Mis amigas, mi hermana, mi madre… En ninguna de ellas existía un atisbo de duda. Un nuevo amor de verano ya se cocinaba a fuego lento, y a saber qué guiso podría salir de semejante mezcla. En apenas unos días lo tuve claro. Tú, cocinero. Yo, el ingrediente secreto de tu plato estrella. El triunfo era imposible el uno sin el otro. Por mucho que me haya costado escribir esta última frase, debo reconocer que así era. Saberme guisada, saberme a salvo en tus manos… aquello era lo más parecido a un sueño que he tenido nunca. Cuando tienes quince años parece que la vida se te va a tragar en cualquier momento, que de tanto que sientes se te va a poner la piel de color rojo.

El tiempo pasa tan rápido cuando estás enamorada... ¿También te ocurre a ti? Ocho meses de microviajes en bicicleta, de tu pueblo al mío y del mío al tuyo. Ocho meses de aquellas noches de luna llena en las eras, de Perseidas que a mí siempre se me escapaban pero a las que tú pedías por mí. Siempre fuiste muy avispado. Ocho. Ahora parecen un suspiro al lado de estos cuatro años. Sin embargo no lo fueron, botoncito mío. ¿Sabes? Fue entonces cuando aprendí a valorar que los grandes momentos siempre se escapan, y que puede que vengan otros igual de grandes, pero se escapan. Se escapan y no se puede hacer nada. No se puede.

Fue una lástima que los párpados se te secaran tan rápido. Comenzaban sin remedio las excusas. Y las frases a medias. Y los titubeos que desembocaban en aquellos “no lo sé”. ¿Qué pasó? O el cocinero había perdido su toque o el ingrediente secreto había perdido calidad, o chispa, o había dejado de ser secreto. Entonces yo tampoco sabía. Y las sospechas, y los rumores de amigas de amigas que me decían que te habían visto por el pueblo con esa sonrisa demoniaca, con las mejillas al borde del colapso y, de nuevo, con los párpados reflejando un brillo que a ellas les cegaba. Todo eso se me pegó en la espalda, picaba y escocía por momentos, y ni podía ni quería ni sabía cómo librarme de ello. De pronto el ingrediente secreto ya no sabía a nada. Ya no valía para tus mejores platos. Tus habilidades culinarias ya no servían conmigo.

Cambiaste el rumbo de la noche a la mañana. Tú decidiste empezar con ella. Tus microviajes en bici serían a otro lugar. Yo no pude decidir. Así es, me quedé contigo, botoncito mío. ¿Te acuerdas de lo de botoncito? Ahora lo pienso y no sé por qué te lo llamaba. Porque los botones son pequeñitos, pasan desapercibidos cuando están, pero cuando no están son verdaderamente molestos de añorar. Te obligan a agarrarte la ropa para que no se te caiga, para no quedarte desnuda.  Nunca debí llamarte así, pero si dejo de hacerlo quizás te pierda. Yo siempre te di el valor que tenías, botoncito, aun cuando abrochabas mi espalda y yo estaba a salvo nunca olvidaba dar gracias a todos los santos del pueblo por tenerte ahí, protegiéndome del frío.

Hoy, cuatro años conociéndote. Cuatro años en los que no has dejado de sorprenderme. Bastó con ocho meses contigo para poder continuar averiguándote a solas en lo oscuro, diseccionándote, limando a mi favor las piezas de un puzle que aún no está terminado. Tú ni lo sospecharás, pero te conozco tanto que a veces siento que me estoy volviendo loca. He terminado por deducir todo lo que tú preferiste no mostrarme. Y ya sé que en estos cuatro años ha habido varias chicas de la comarca a las que llamar “guapa”. Sé que las seguirá habiendo. Eres cocinero a la carta. Pero me consuela saber que ninguna permanecerá en el tiempo como yo. Ese debe de ser mi premio. Por supuesto que conlleva una parte negativa, como todo, y a veces creo que te invento y me creo mis propias tonterías, como, por ejemplo, que siempre tuviste muy buena memoria, o que siempre fuimos algo místicos. Tonterías todo, es cierto.

No, no te asustes. Yo tampoco quisiera regresar a tu lado. Hace tiempo ya que decidí que quería estar contigo pero sin ti. ¿Tiene esto algo de malo? A veces sé que sí, luego lo olvido y mi cabeza me juega malas pasadas; y sigue quitándote cada una de las capas que te envuelve y te protege de eso que los mayores dicen que es amar de verdad. Algún día te veré desnudo. Algún día nos veremos desnudos. Será entonces cuando te abandone, por aburrimiento, o por vergüenza a descubrir que en realidad no había nada más que un cuerpo desnudo y despojado de cualquier misterio.

Quizás no sepa muy bien en qué momento exacto hay que parar de amar, pero sí sé cuando hay que parar de escribir. No podemos pasarnos toda la vida expuestos. Sería agotador.


Feliz cuarto aniversario, botoncito mío.


Por otros cuatro años como estos. 

viernes, 17 de julio de 2015

Relación lógica entre dos cosas

Hace tiempo que valoro la coherencia por encima de todo. Tal vez esto sólo lo haga para convertir esta virtud en un mecanismo de defensa, en un somnífero o en el último listón flotante de un barco que ya ha naufragado; pero, aun con todo, me gusta creer que es una de las mejores cualidades que un ser humano maduro, sano y responsable puede poseer. Me sienta bien creerlo. Un mundo inteligente y razonable parece ser un buen lugar para vivir.

No obstante nunca he dejado de preguntarme qué es la coherencia. Me gustaría saber de una vez qué significa ser coherente. Dicen que la coherencia es actuar en consecuencia con tus ideas. También dicen que la coherencia es actuar en consecuencia con tus decisiones. Sin embargo, y pese a quien pese, que pesa a muchos, no siempre lo que se piensa y lo que se decide se corresponden. A veces sí, a veces los dioses dan una tregua y ambos conceptos concurren hacia un mismo lugar. Hay que reconocerlo, saberse en el camino correcto, convertirse en lo que uno sueña ser, llega a ser una sensación casi orgásmica. Pero otras… otras toca llenarse el corazón de nudos y caminar metiendo barriga por mucho que estos aprieten.

Una vez me dijeron que lo importante no son nuestros sentimientos. Lo que importa es lo que hacemos con ellos. Yo, por supuesto, me grabé a fuego este mantra como si de la panacea se tratase. Sí, lo reconozco por pueril que suene, porque de alguna manera estas palabras resultaron como un antídoto a un veneno que yo mismo me había ido inoculando a base de tiempo y fantasías. De repente, todo lo que fluctuaba dentro de mí carecía de importancia. ¿Existe algo más maravilloso que poder librarte de lo que más pesa con tan sólo un empujón? Pues eso hice. Por una vez me vi frente al timón contemplando el mar sin miedo, ese Azul al que nunca me había atrevido a mirar ni siquiera de reojo. 

Sin embargo en la etiqueta de un sentimiento debería poner “Inflamable”. “Frágil”, por desgracia, no. Los sentimientos abrasan en las manos, esto ahora me lo sé de memoria, pero, por entonces, ¿yo qué iba a saber si jamás me había atrevido a acariciar a uno por si me mordía los dedos? 

Como es de imaginar, ir desatando cada uno de los nudos que yo mismo me había ido haciendo fue como una suerte de Renacimiento. Al fin pude darme el capricho de abrir las compuertas y dejar que todos esos demonios saliesen cual jauría de animales salvajes. Corrían. Ladraban. Levantaban polvo. El miedo permanecía, eso sí, por mucho que los de fuera trataran de tranquilizarme. “Ignóralos. Ya se irán”, me aseguraron. 

Pero no. No se marchan. ¿Por qué no se marchan? Ya aprendí a ignorarlos, que no a huir de ellos... ¿no? “Estás siendo coherente”, me prometieron. ¿Coherente con qué? Con lo que he decidido yo. Con lo que me dijeron que debía decidir. Con lo que se supone que es mejor, es decir, aquello que persigo a ciegas como si en su interior se escondiese la receta de las felicidades varias.

Es inútil. De verdad que es inútil. Cada noche un demonio diferente se acuesta a mi lado. Me mira. Me sonríe. Cambia de forma y de gesto. Y yo creo que siempre es el mismo, mi viejo mentor convertido en lo que más detesto y en lo que más me aterra, intentando provocarme para que termine con esta absurda coherencia que me vendieron y que tan sólo viene acompañada de silencio y frases inacabadas.

Ojalá pronto me convenza para volarlo todo por los aires. Ojalá pronto pueda mirarlo más de diez segundos a los ojos sin que me lloren las tripas de vergüenza, y pueda besarlo, y follármelo hasta que se largue exhausto. Maldito demonio, que sois mil y a la vez eres el mismo, no me pongas más espejos. No me pongas más espejos. No quiero volver a mirarme.

Pequeño e insistente demonio, yo ya sé que tú eres lo único que queda del que un día fui.     

viernes, 26 de junio de 2015

Décimas de segundo

Se cruzaron en mitad de una calle transitada del centro. Lo peor para ambos fue que apenas pudieron prepararse el personaje, pues sus miradas se encontraron cuando ya estaban a escasos metros. Se acercaron empujados por una mano invisible, por la misma que hizo que se alejaran meses atrás.

Desde luego, el momento no podía ser de lo más inoportuno. Para uno era demasiado pronto. Para el otro, demasiado tarde. Aun así todo el calor que desprendían el asfalto y las fachadas se concentró en sus ojos negros y verdes, en sus ojos rojos y blancos, en sus sonrisas impresas. En la de uno ponía “recién pintado”. En la del otro ya volvía a haber desconchones.

Y al principio nadie supo qué decir. Qué complicado resultaba. Sonreían. La voz no salía. Era como en esas pesadillas que ambos habían tenido. Uno las había seguido padeciendo hasta el momento. El otro, sin embargo, las soñó todas de golpe. Contenían las respiraciones para no deshacerse, para no rehacer lo que fueron, para no tener que ver lo Nuevo.

Apenas fueron unas décimas de segundo. Hay quien dice que ambos pasaron por el mismo proceso y hay quien lo cuestiona. Se quisieron, se odiaron, se echaron de menos, se sintieron vencedores y después vencidos, se dieron cuenta de que ahora respiraban, se sintieron marchitos, se rieron a carcajadas, se hurgaron en las llagas secas y frescas, se desearon, se dieron asco, se reconocieron y a la vez se extrañaron. Se volvieron a enamorar. Como si jamás hubiese ocurrido lo que ninguno recordaba: uno porque no podía; otro porque no sabía.

Al final las palabras brotaron. Nadie nunca dudó jamás de si se dijeron algo interesante. No obstante las palabras fluyeron gráciles, orgánicas, como espirales azules y vaporosas que nacían de sus labios y morían prematuramente en la punta de sus narices. Qué fácil les resultó. Pudieron volver a hablar.

Con el tiempo se olvidaron de esos instantes previos al primer reencuentro. Ninguno sospechó que la vida podría esconderse ahí, en esas fugaces décimas de segundo que no se pueden reconstruir, que no les pertenecen. De repente los muros se desplomaron en un parpadeo, sin embargo no pudieron ver lo que tras ellos se escondía. Tal vez algo en ellos no quería verlo. Tal vez fuese un secreto.

Hay que quedarse con lo importante. Lo importante es que pudieron volver a hablar. Lo importante es que nunca hablaron sobre esas fugaces décimas de segundo sin importancia.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Será...

Tenía que decidir, como cualquier escritor. Tenía que decidir si creer o no. Pero es que yo no tenía opción porque siempre he creído. No sé las razones, pero os aseguro que yo siempre he creído.

Y es que yo creía en el calor. Pensaba que era posible derretir cualquier bloque de hielo. Dentro de mí ardía la insolente certeza de que la escarcha de cualquier corazón podría evaporarse con mucho calorcito.

Creía, también, en el agua tibia que erosiona despacio, sin prisa, sin descanso. Estaba seguro de que se podrían pulir las escarpadas rocas del camino con eternos torrentes de agua adulce. Las abuelas lo saben bien: el agua tibia y dulce y la constancia eliminan cualquier clase de mancha. Sea cual sea. ¿Quién era yo para contradecir a la sabiduría popular?

Además creí, al principio, en el poder de las palabras. Después, en el de las acciones. Al final, un día, me vi arrastrado por una especie de magma hacia ningún lugar porque nada me sirvió. Porque nada me complació.

Y por último creía en mí. Sí, creía en mí más que en nada o en nadie. Ese ha debido de ser el error, puesto que en el soñar descansa la feliz idea de que la oscuridad no dura para siempre. Que en cualquier momento aparecerá un resquicio de luz que nos salvará. Pero la fe mueve montañas, no las ilumina.



Pues así es, yo creía. Y, en ocasiones, sigo creyendo. Pero cada vez un poquito menos. A veces la penumbra hace ademán de desvanecerse, sin embargo después me doy cuenta de que no es más que mi vista que se ha acostumbrado a las tinieblas.

Será eso. Será que nos hemos acostumbrado a creer en el cambio; y por eso el cambio se ha acostumbrado a que nosotros siempre acabáramos creyendo a ciegas en él .


Será eso. Será que, a lo peor, ha llegado el momento de despertar de este largo sueño.

jueves, 16 de abril de 2015

A través del morado (ficción para empatizar)

Ojalá el ascensor se averiase. Ojalá alguna fuerza divina me concediese un poco más de tiempo para enfrentarme a esto. Pero, por suerte o por desgracia, las cosas no se estropean tan fácilmente. No, no lo hacen, estoy seguro.


El espejo del claustrofóbico cubículo me devuelve la imagen de un chaval que debería irradiar euforia. Acabo de enterarme de que he aprobado la Selectividad y de que la nota me da para estudiar Ingeniería Aeronáutica. En este momento podría sentirme un semidiós, sin embargo lo que veo ante mí no es en absoluto la cara del triunfo. No todavía. Trato de ponerme una de esas sonrisas que lo tapan todo, a sabiendas de que no va a funcionar. Es posible que hubiera funcionado si mi ojo derecho no estuviese así de morado. La sonrisa brilla. Mi ojo palpita cada vez más fuerte. El latir de mi conciencia. De mi consciencia. Y de mi condena.


 Nadie debería ser agredido por ser distinto. ¿No? Por sentir algo que, aunque no resulte tan habitual, no tiene nada de malo. ¿No lo tiene? Las mismas preguntas de siempre retumban en mi cabeza, tal vez, con la misión de arrojar algo de luz sobre este asunto. Al fin y al cabo es sólo amor. Como el que papá sentía por mamá. ¿Qué diferencia hay? Cuando eres un niño hueles el amor a kilómetros. De repente me veo a mí mismo durmiendo con mi madre. Mi padre se ha despertado temprano para ducharse y llevarme al colegio. Escucho el agua caer y a mi padre cantar. Entonces me siento seguro porque sé que él está ahí y porque sé que va a volver. Me abrazo a mi madre sin sospechar que esos momentos no durarán para siempre. Como estaba previsto, mi padre entra en el dormitorio y me despierta. No imagina que yo ya estoy despierto desde hace tiempo. Estando despierto nunca te pierdes nada. Mi madre, que sí estaba dormida, poco a poco se va desperezando. Yo observo cómo mi padre la mira. Creo que en uno de esos instantes yo descubrí  lo que es el amor. Entendí que se encuentra en lo más diminuto: en la forma en la que él le acercaba las gafas de la mesilla a la cama, por ejemplo. En el beso de buenos días, tan insignificante y tan necesario como el salvavidas que no has pedido porque piensas que el barco no va a naufragar. Ahí se esconde el amor, en esos detalles que a veces se repiten por rutina, que pasan desapercibidos hasta que faltan. Que nos mantienen a salvo.


Entonces, ¿por qué entre dos hombres va a ser distinto? Se lo preguntaré a mi ojo morado. Él debería saberlo, pues es él quien ha pagado el precio. Pero él tampoco lo sabe. Él no es nadie para decidir qué es amor y qué no lo es. Y yo tampoco. Aunque, por lo visto, sí somos alguien para padecer sus consecuencias.


El hielo no ha hecho ningún efecto. Apenas me ha bajado la hinchazón, y el morado cada vez se está volviendo más negruzco. El médico ha dicho que no es nada grave, pero que debería denunciar. ¿Denunciar por qué? Si no sé ni por qué me han pegado. No iba a ser fácil plantarse en la comisaría del pueblo donde todos los policías me conocen. ¿Qué les iba a decir? ¿Que hoy, a la salida del instituto, un gilipollas me ha pegado un puñetazo y me ha llamado maricón? “Maricón. Yo. Si yo no soy maricón…”.  Por supuesto no se ha parado a explicarme por qué me ha tachado de eso, y mucho menos por qué ha sentido la necesidad de pegarme. Lo cierto es que no creo que lo de maricón fuese por mí. O a lo mejor sí. A lo mejor eso de ser maricón es hereditario, aunque yo no he notado nada al respecto.


Hace meses que no veo a mi padre. Justo desde que dejó a mi madre. Él apenas se deja ver por la calle. Además, al parecer ahora viaja mucho. Por negocios o… por placer, no lo sé. Prefiero no pensarlo. Si me paro a hacerlo me dan ganas de vomitar, de deshacerme por completo de él. Mi madre tampoco quiere saber nada. Sigue dolida con él, y sus razones tiene. No hemos hablado sobre ello desde que se separaron, pero cuando dejas de ser un niño hueles el dolor a kilómetros. De hecho a veces me da miedo que su silencio se convierta en un trauma o que el psicólogo no esté haciendo bien su trabajo. Yo ya decidí que no necesitaba ir, que a mí no me importaba lo que mi padre hiciera siempre que me mantuviese al margen. Esa fue mi pequeña promesa.


Como es obvio ni yo mismo me creí mis palabras. Llevaba ya tiempo esperando una oportunidad como esta, por lo tanto ahora he de asumir cualquier cosa que pueda encontrarme. La gente del pueblo dice que mi padre se ha traído a un novio de la capital al cual tiene recluso en su casa. ¿De verdad se habrá atrevido? Desde luego tiene que reconocer que lo está haciendo muy mal. Por estupideces como esa mi madre ha quedado marcada de por vida. Y yo también. Mi ojo no. Mi ojo se curará. Quizás nosotros también. Aun así mi padre no está siendo una persona coherente. Ni madura. Ni adulta.


En resumen, hacerle ver que me han pegado por su culpa le hará abrir los ojos de una vez. O eso, o le hará sentirse como una rata miserable. No se me ocurre una manera más rápida de que vuelva a ser el padre que tendría que ser. A lo mejor así se quita de la cabeza lo de compartir su vida con un hombre y vuelve con mi madre. Tal vez eso no sea lo más conveniente, pero yo lo necesito. Creo que por una vez puedo pensar en mí. Al fin y al cabo él lo ha hecho durante todo este tiempo.


Cada vez estoy más nervioso. Espero que no me lo note. Pulso el botón del ascensor y este se pone en marcha. Ambos nos ponemos en marcha. Por mi madre, por mí, y también por él. Esta es la vida que él había elegido, y yo se la voy a devolver.


El ascensor llega a su piso. Oigo voces al otro lado. Aguzo el oído y descubro que es la de mi padre y la de otro hombre. El susodicho existe. Por suerte no puedo ver bien a ninguno de los dos. Tan sólo dos siluetas se perciben al otro lado del cristal escarchado. Ellos no han advertido que hay alguien en el ascensor.


Se están gritando en voz baja, como si fuesen dos ladrones. Por lo que dicen intuyo que el susodicho se vuelve a la capital. Sí, escucho algo de  que no pueden  seguir escondiéndose. Que ninguno de los dos está ya para vivir más mentiras. Que es imposible que esto salga bien. Además vislumbro una maleta. No debería alegrarme por ello pero lo hago. Sabía que yo tenía razón. Ha llegado el momento de poner fin al erróneo estilo de vida de mi padre y recuperar a mi familia.


De repente se hace el silencio. Confuso, entreabro la puerta para asegurarme de que todo está yendo bien. Observo a mi padre y al susodicho mirándose como si nadie los espiara. Al último no puedo verle la cara. Por la mirada de mi padre comprendo que se han hecho daño, esa clase de daño que produce el verdadero amor. A mi cabeza retorna la imagen de mi padre mirando a mi madre años atrás. El paralelismo es inmediato. No sé cómo es el susodicho, sin embargo puedo adivinarlo a través de los ojos de mi padre. Después viene uno de esos besos que salvan vidas, que son tan necesarios como insignificantes. Es curioso, no he sentido asco. Se abrazan y yo sobro. Cierro la puerta y desaparezco.



Pulso el botón, esta vez para que el ascensor baje. Y la sangre de mi ojo también baja. Y la de mi cabeza. Ahora todo me duele un poco menos. Es evidente que necesito tranquilizarme. En serio que no entiendo por qué he abortado un plan tan perfecto. Será que necesito tiempo. Esta vez mi padre ha tenido que acercarme las gafas  a mí. Todo sea para poder ver con claridad, incluso a través del morado.

martes, 24 de marzo de 2015

Contra lo heredado

Permíteme que esta noche prefiera
ver el árbol en vez del bosque
mirarte al dedo antes que a la luna
o fijarme en la paja de tus párpados
y no en mi pupila llena de viga.

miércoles, 18 de marzo de 2015

El dilema del guardia forestal

A veces creo que el árbol no me deja ver el bosque.

Y otras creo que es el bosque el que no me deja ver el árbol. Hoy me he fijado en él. Y he observado sus ramas eternas, su corteza dura y húmeda. He aspirado su olor a resina. Incluso me he parado a ver cómo las hormigas trepan poco a poco por él, como si mereciera la pena subir hasta allá arriba. Como si mereciera la pena ver el bosque.

Ahora el viento sopla entre el resto de árboles. "Cállate, bosque, ¿no ves que de momento me apetece fijarme en este árbol?" Será igual que los demás. O no lo será. Pero déjame averiguarlo.

lunes, 16 de marzo de 2015

De paso (Cuentecillo insulso que se va improvisando)

Últimamente, los viernes por la noche, me voy al bar de abajo. Me pinto los morros de rojo, me pongo mi vestido violeta, el de las mangas negras, y me tomo algún que otro gin tonic. Yo sola. Me ha dado por ahí. No es extraño que se me acerque algún chico, a veces más chico y a veces menos. Sea quien sea yo le doy bola. Y si la cosa fluye con facilidad acabo subiéndomelo a casa.

Esta noche estoy con pocas expectativas. Sé que alguno vendrá a intentar ligar conmigo, sin embargo no tengo muchas ganas de fiesta. No me hace falta un espejo para poder verme a mí misma. Basta con salir de mi cuerpecito y mirarme desde fuera. Allí estoy yo tomándome un buen copazo, manchando el borde del vaso con ese carmín que anuncia guerra. También me miro el escote exagerado, qué poco me pega. Es un buen reclamo, una forma inteligente de atraer moscones. Supongo que mi voluptuosidad se contrarresta con mi soledad demoniaca, la cual me da un aire medio interesante. Pero esa no soy yo. Lo sé de sobra yo y lo saben todos los que me rondan.

Se me acaba de acercar un hombre joven y guapo, como a mí me gustan. Moreno. Muy moreno. Tan moreno que deja en ridículo mi entreteto blanquecino. Tiene una mirada intensa. Y una sonrisa bonita. Qué pereza siento. Esto ya me lo conozco.

-Qué sola estás, ¿no?

Debería coger mi bolso y marcharme sin pensármelo dos veces pero, qué narices, tan tópica ha sido su entrada que me ha puesto cachonda. Comienzo a hablar con él. Creo que no le escucho. No puedo. Y lo intento pero no puedo. Sólo me quedo con una de sus frases.

-Yo mañana me voy. Estoy aquí de paso.

Desde luego que estás aquí de paso. No hace falta que te reafirmes, porque en ningún caso necesito que te quedes. Hay personas que estamos destinadas a ser una estación de paso. Y hay otras que están destinadas a pasar por esas estaciones de paso. Así de simple y de redundante. Así de doloroso.

Al final me lo subo a casa. Ya estoy borracha. Lo arrastro de la mano como si quisiese guiarlo a algún lugar. Definitivamente esa no soy yo. El ascensor no llega nunca. El tiempo se ha detenido. Aún no le he dado ni un solo beso. Él tampoco se ha lanzado. Sólo me mira. Me mira como si quisiese desentrañarme. O violarme. Tranquilo, cariño, hoy es tu noche y vas a mojar. La treintañera sexy de morros rojos se va a abrir de piernas.

Entramos en mi casa. Parece que le gusta, y no sé por qué, pero me molesta que le guste. Creo que le gusta más de lo que te gustaba a ti. No sé si está interesado en la decoración  o directamente está pensando en dónde follarme. Pues yo soy mucho de cama, además me reservo otros lugares para personas más especiales
.
-Me gustan las chicas ordenadas.

Ya. Tienes razón. Me paro a ver cómo tengo colocado cada mueble, cada libro, cada objeto de la casa. Todo está concienzudamente bien situado para que no se note quién soy. Esta casa hoy no habla por mí.  Está demasiado limpia, como si nadie viviese allí. Tal vez nadie viva. Observo que me había dejado dos lágrimas sobre la mesita del dormitorio. Debieron caérseme esta tarde, mientras te pensaba. Con disimulo paso mi manga y las limpio. En esta casa nunca ha llorado nadie, mejor que le quede claro.

La cama está en su sitio y perfectamente hecha. Hace unos meses el colchón estaba en el suelo, desecho y sucio. El suelo ahora brilla. Antes estaba lleno de migas de patatas fritas, latas de cerveza, colillas de porros y condones usados. Ahora ya no es mi casa. Ya no es mi hogar. No sé lo que es.

En lo que me he parado a pensar en todo esto a él le ha dado tiempo a desvestirse. Se nota que me tiene ganas. ¿A qué esperar? Hago lo mismo. Y yo le follo y él me folla, no sé en qué orden. Tampoco me interesa saberlo. Y cuando acaba se mete en la ducha. Le sigo porque no me fío. Sé que no me va a robar, pero no me fío.

En efecto tenía motivos para sentir ese miedo tan terrible. A través de la mampara he visto que ha usado el gel que tú usabas siempre. El de avena, el que tiene el pe hache neutro. Lo tenía escondido entre mis champús, acondicionadores y mascarillas, pero el cabrón lo ha encontrado y se lo ha echado como si estuviese ahí para él. Me siento violada. Podría haberme follado cuantas veces quisiera y por donde quisiera. Podría haberse corrido donde más le gustara. Pero que no toque ese gel. Es tuyo. Y es lo único que queda tuyo en esta casa. No se merece oler como tú. Me dan ganas de entrar en la ducha y estrangularlo con la alcachofa. Sí, que muera lentamente por violador. Por hereje. Quiere oler a ti y después querrá dormir conmigo, sin pagar las consecuencias. Pero yo no hago nada. Qué rabia, nunca hago nada. Me pide una toalla y yo se la doy. Pero, eso sí, le doy la más vieja que tengo. La más fea. No la que te reservaba a ti. No, esa no.

Yo no me quiero duchar. Me tumbo en la cama y espero a que vuelva con los ojos cerrados. Pienso en lo que voy a decirle, si que se vaya o que se quede. En fin, que se quede. Hace frío y la calefacción está apagada.

Vuelve. Me pide una camiseta para dormir, pero le digo que no tengo. Claro que tengo, pero sí tiene cojones para follar conmigo en pelotas que no quiera ahora vestirse para dormir a mi lado, ¿no te parece?. Se tumba desnudo y me abraza. Me da un poco de asco, pero finjo que me da igual. "Aléjate, porfa. Bueno no, abrázame que tengo frío. No sé, mejor dejemos que corra el aire." Al final decide él: me envuelve y me inmoviliza. Y en silencio le doy las gracias.

-¿Cuándo te ibas?

-Mañana.

Es verdad. Está de paso. Ni mi almohada manchada de mi carmín y de su semen ni mi casa perfectamente ordenada van a lamentar su ausencia. Mañana comenzará de nuevo el ritual. Tengo ganas. Los chicos de paso sí sabéis abrazarme por las noches.

martes, 10 de marzo de 2015

Un corazón roto (FAQs)

¿Por qué se rompe un corazón?

La respuesta es sencilla, que no simple. Un corazón se hizo para romperse. Está en su naturaleza, y por tanto el quebrantamiento de este órgano vital no es sino un rito de paso por el que todo ser humano transita en algún momento de su vida. Hay quien lo recuerda, y hay quien no. Esto no es necesariamente un síntoma de mala memoria; a veces se nos olvida y a veces lo olvidamos.



¿Cómo se rompe un corazón?

Existen muchas maneras, pero la más frecuente es aquella en la que dicho corazón se revienta por el impacto de un golpe seco y contundente. Por desgracia nuestra fisionomía no está preparada para estos golpes, con lo cual la asfixia es casi instantánea y la hemorragia está propulsada por el impacto. A veces el shock dura unos instantes, eso depende del corazón y del tipo de golpe; puesto que puede ser un golpe que de alguna forma se podía prever (en este caso la recuperación es más rápida) o de lo contrario puede ser uno de esos golpes que vienen un martes cualquiera a las 19:36 de la tarde mientras estás haciendo la compra para hacer magdalenas esa misma noche. En este último caso la recuperación es más lenta y dolorosa, y la mayoría de las veces deja severas secuelas.

En ambos casos el corazón se rompe en añicos. No hay otra forma. Está (mal)diseñado biológicamente para ello. Así nos pasa, que después nos tiramos un buen rato buscando cada pedacito. Rara vez los encontramos todos, y por eso no nos queda más remedio que dejar el corazón a medio completar. Cuantos más golpes se recibe, más trocitos de corazón se pierden.



¿Cúal es la mejor forma de arreglar un corazón?

Lo más saludable es tener tanto tiempo como paciencia. Si se carece de una los dos prosperar será complicado. Al revés que con los huesos, los años consiguen que cada vez los añicos de corazón suelden con más facilidad. Es aconsejable nada más haber sido diagnosticado de corazón roto expulsar lágrimas cada poco tiempo, dependiendo de la necesidad que aparezca en el paciente. No obstante se receta no abusar de ello, pues puede ser adictivo. Pero es imprescindible hacerlo. Las lágrimas que no se lloran se acumulan en el organismo, se bajan hasta el pecho y se cuelan entre los pedacitos de corazón con el fin de disolver ese “pegamento” que los une. También es conveniente refugiarse en la fisioterapia. Los abrazos de aquellas personas que vieron nuestro corazón entero y a las que no le importa tratarnos hasta su curación favorecen en un grado altísimo la recuperación del paciente. No temer a la sobredosis.



¿Cómo sé si se me ha roto el corazón?


 Eso es difícil de saber. No siempre se tiene claro desde el instante de la contusión. Hay corazones que parece que se rompen y sin embargo cuando se realizael chequeo se demuestra que sólo se ha tratado de un rasguño. También hay circunstancias en las que creemos que el golpe no ha afectado en absoluto y cuando profundizamos en el análisis observamos unas microfisuras que no dejan de gotear. Este caso en concreto es extremadamente peligroso, ya que puede parecer que el paciente está sano y en realidad el dolor está siendo tan insoportable como el que más. El corazón se encuentra íntegro, sin embargo terminará por romperse antes o después, por lo que hay que tener especial precaución debido a que el mínimo golpe, el que menos te esperas, provocará unos añicos diminutos, y se correrá el peligro de que el viento se los lleve volando. Sí, el viento es el archienemigo de los que tienden a tener grietas en el corazón: cuando no se lleva sus trozos, se lleva sus palabras. 

jueves, 26 de febrero de 2015

Macramé

Y busco.
Y nada.

Y busco.
Y nada.

Y busco.
Imposible.

Ni un trocito de corazón libre
en el que hacer otro nudo.

lunes, 23 de febrero de 2015

Terapia desde lo cursi

Y si empiezas esta carta diciéndole, por ejemplo, que a veces se abre una fisura en tu espalda. Que ya no está él para echar vinagre en ella, pero que escuece igual. Si por un momento te permites romperte y le dices que no quieres a otro como él, ni otra historia como la que tuviste con él. Si le dices que lo quieres a él. Y punto. Y lo quieres como a esos zapatos de domingo, que te destrozan los pies, pero que no puedes evitar que te encanten. Tú te sientes cómodo con ellos. Hasta que te los quitas y las empollas te abrasan.

Plantéatelo. Llámalo y dile que quieres verlo. Que tienes frío por las noches. Que duermes mejor sin él, pero que echas de menos que te despierte cada media hora. Que ahora descansas, pero que cuando te despiertas la cama huele bien, y lloras un poco porque él no va a volver del baño. Y porque no le oyes cantar así de mal. Y porque ya no sube las persianas sin considerar que tú aún estás dormido. Ármate de valor. Repróchaselo aunque sea. Que echas de menos todas sus mierdas. Que todo lo que odiabas de él esta noche lo necesitas.

¿Para qué hacerse el duro? Si él sabe que no lo eres. Sabe que te derrites al primer tembleque. Sabe cómo hacerte temblar, y lo va a conseguir. Lo va a conseguir. Hay personas, pocas por fortuna, que tienen el don de colarse por tus fibras más frágiles. Y arañan. Y muerden. Y te sientes vivo porque sientes que te están matando. Que te estás matando.

A lo mejor la vida sólo es vida cuando ésta corre peligro.

Buenas noches.

Es casi seguro que lo peor de todo es que saber que tú también me echas de menos ha sido todo un alivio. 

miércoles, 4 de febrero de 2015

Ya sabía el final

Pues estoy enfadado.

Estoy enfadado porque hay luna llena.

Hay luna llena todos los meses, y esta es igual que todas. Se me demuestra cómo todo se repite continuamente.

Se repite continuamente, tal vez, porque yo no hago nada para cambiarlo.

Pero yo no hago nada para cambiarlo por qué no sé qué hacer. Debo de estar paralizado.

Se está paralizado por una simple razón: el miedo.

El miedo proviene de un mecanismo de defensa que "evita" hacernos más daño.

Me hago daño cuando descubro que soy como Sísifo al tratar de conducir una enorme roca que siempre vuelve a su punto de partida.

Sísifo se olvidaba de su roca. Yo no.

No me olvido de mi roca porque soy consciente de que siempre padezco los mismos males.

Males a los que no he sabido poner solución.

No les pongo solución porque sospecho que no la tienen.

Y en caso de no tenerla estaría condenado a pasarme toda la vida escribiendo sobre los mismos temas.

Si escribo sobre lo mismo será porque sigo teniendo miedo de lo mismo.

"El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento. Y el sufrimiento lleva al lado oscuro."

En el lado oscuro estoy enfadado.

Mucho.

miércoles, 21 de enero de 2015

Metamorfosis

Mejor no disfrutar de cómo
se borran los dolores arañados
o los arañazos doloridos.

Mejor no quedarse a ver cómo
te ahogas en el lago negro del olvido.

Mejor no plantearse cómo
estás desapareciendo tan rápido.

Mejor nada de esto.
Ya lo ves:
yo también me he vuelto práctico.

lunes, 12 de enero de 2015

El soneto que jamás terminé

Y es curioso, porque siempre termino lo que empiezo a escribir. Cueste lo que cueste. 

Esta vez ha costado demasiado.

...

Me acostumbré como un Polichinela
A borrar tus noches de llanto sereno
De dulces dolores, licor con veneno,
Amalgama cruel de destino y quiniela.

Mi paño gastado usaste de esquela.
Cerraste el amor para no oír los truenos.
¿Por qué volar juntos si existen los frenos?
Pusiste final a esta cutre zarzuela.

(...)

¿Y si los seis versos que faltan han de ser silencio?