Ojalá el ascensor se averiase. Ojalá alguna fuerza
divina me concediese un poco más de tiempo para enfrentarme a esto. Pero, por
suerte o por desgracia, las cosas no se estropean tan fácilmente. No, no lo
hacen, estoy seguro.
El espejo del claustrofóbico cubículo me devuelve la
imagen de un chaval que debería irradiar euforia. Acabo de enterarme de que he aprobado
la Selectividad y de que la nota me da para estudiar Ingeniería Aeronáutica. En
este momento podría sentirme un semidiós, sin embargo lo que veo ante mí no es
en absoluto la cara del triunfo. No todavía. Trato de ponerme una de esas
sonrisas que lo tapan todo, a sabiendas de que no va a funcionar. Es posible
que hubiera funcionado si mi ojo derecho no estuviese así de morado. La sonrisa
brilla. Mi ojo palpita cada vez más fuerte. El latir de mi conciencia. De mi
consciencia. Y de mi condena.
Nadie debería
ser agredido por ser distinto. ¿No? Por sentir algo que, aunque no resulte tan
habitual, no tiene nada de malo. ¿No lo tiene? Las mismas preguntas de siempre
retumban en mi cabeza, tal vez, con la misión de arrojar algo de luz sobre este
asunto. Al fin y al cabo es sólo amor. Como el que papá sentía por mamá. ¿Qué
diferencia hay? Cuando eres un niño hueles el amor a kilómetros. De repente me
veo a mí mismo durmiendo con mi madre. Mi padre se ha despertado temprano para
ducharse y llevarme al colegio. Escucho el agua caer y a mi padre cantar.
Entonces me siento seguro porque sé que él está ahí y porque sé que va a volver.
Me abrazo a mi madre sin sospechar que esos momentos no durarán para siempre. Como
estaba previsto, mi padre entra en el dormitorio y me despierta. No imagina que
yo ya estoy despierto desde hace tiempo. Estando despierto nunca te pierdes
nada. Mi madre, que sí estaba dormida, poco a poco se va desperezando. Yo observo
cómo mi padre la mira. Creo que en uno de esos instantes yo descubrí lo que es el amor. Entendí que se encuentra en
lo más diminuto: en la forma en la que él le acercaba las gafas de la mesilla a
la cama, por ejemplo. En el beso de buenos días, tan insignificante y tan necesario
como el salvavidas que no has pedido porque piensas que el barco no va a
naufragar. Ahí se esconde el amor, en esos detalles que a veces se repiten por
rutina, que pasan desapercibidos hasta que faltan. Que nos mantienen a salvo.
Entonces, ¿por qué entre dos hombres va a ser
distinto? Se lo preguntaré a mi ojo morado. Él debería saberlo, pues es él
quien ha pagado el precio. Pero él tampoco lo sabe. Él no es nadie para decidir
qué es amor y qué no lo es. Y yo tampoco. Aunque, por lo visto, sí somos
alguien para padecer sus consecuencias.
El hielo no ha hecho ningún efecto. Apenas me ha
bajado la hinchazón, y el morado cada vez se está volviendo más negruzco. El
médico ha dicho que no es nada grave, pero que debería denunciar. ¿Denunciar
por qué? Si no sé ni por qué me han pegado. No iba a ser fácil plantarse en la
comisaría del pueblo donde todos los policías me conocen. ¿Qué les iba a decir?
¿Que hoy, a la salida del instituto, un gilipollas me ha pegado un puñetazo y
me ha llamado maricón? “Maricón. Yo. Si yo no soy maricón…”. Por supuesto no se ha parado a explicarme por
qué me ha tachado de eso, y mucho menos por qué ha sentido la necesidad de
pegarme. Lo cierto es que no creo que lo de maricón fuese por mí. O a lo mejor
sí. A lo mejor eso de ser maricón es hereditario, aunque yo no he notado nada
al respecto.
Hace meses que no veo a mi padre. Justo desde que
dejó a mi madre. Él apenas se deja ver por la calle. Además, al parecer ahora
viaja mucho. Por negocios o… por placer, no lo sé. Prefiero no pensarlo. Si me
paro a hacerlo me dan ganas de vomitar, de deshacerme por completo de él. Mi
madre tampoco quiere saber nada. Sigue dolida con él, y sus razones tiene. No
hemos hablado sobre ello desde que se separaron, pero cuando dejas de ser un
niño hueles el dolor a kilómetros. De hecho a veces me da miedo que su silencio
se convierta en un trauma o que el psicólogo no esté haciendo bien su trabajo.
Yo ya decidí que no necesitaba ir, que a mí no me importaba lo que mi padre
hiciera siempre que me mantuviese al margen. Esa fue mi pequeña promesa.
Como es obvio ni yo mismo me creí mis palabras.
Llevaba ya tiempo esperando una oportunidad como esta, por lo tanto ahora he de
asumir cualquier cosa que pueda encontrarme. La gente del pueblo dice que mi
padre se ha traído a un novio de la capital al cual tiene recluso en su casa. ¿De
verdad se habrá atrevido? Desde luego tiene que reconocer que lo está haciendo muy
mal. Por estupideces como esa mi madre ha quedado marcada de por vida. Y yo
también. Mi ojo no. Mi ojo se curará. Quizás nosotros también. Aun así mi padre
no está siendo una persona coherente. Ni madura. Ni adulta.
En resumen, hacerle ver que me han pegado por su
culpa le hará abrir los ojos de una vez. O eso, o le hará sentirse como una
rata miserable. No se me ocurre una manera más rápida de que vuelva a ser el
padre que tendría que ser. A lo mejor así se quita de la cabeza lo de compartir
su vida con un hombre y vuelve con mi madre. Tal vez eso no sea lo más
conveniente, pero yo lo necesito. Creo que por una vez puedo pensar en mí. Al
fin y al cabo él lo ha hecho durante todo este tiempo.
Cada vez estoy más nervioso. Espero que no me lo
note. Pulso el botón del ascensor y este se pone en marcha. Ambos nos ponemos
en marcha. Por mi madre, por mí, y también por él. Esta es la vida que él había
elegido, y yo se la voy a devolver.
El ascensor llega a su piso. Oigo voces al otro
lado. Aguzo el oído y descubro que es la de mi padre y la de otro hombre. El
susodicho existe. Por suerte no puedo ver bien a ninguno de los dos. Tan sólo
dos siluetas se perciben al otro lado del cristal escarchado. Ellos no han advertido
que hay alguien en el ascensor.
Se están gritando en voz baja, como si fuesen dos
ladrones. Por lo que dicen intuyo que el susodicho se vuelve a la capital. Sí, escucho
algo de que no pueden seguir escondiéndose. Que ninguno de los dos
está ya para vivir más mentiras. Que es imposible que esto salga bien. Además
vislumbro una maleta. No debería alegrarme por ello pero lo hago. Sabía que yo
tenía razón. Ha llegado el momento de poner fin al erróneo estilo de vida de mi
padre y recuperar a mi familia.
De repente se hace el silencio. Confuso, entreabro
la puerta para asegurarme de que todo está yendo bien. Observo a mi padre y al
susodicho mirándose como si nadie los espiara. Al último no puedo verle la
cara. Por la mirada de mi padre comprendo que se han hecho daño, esa clase de
daño que produce el verdadero amor. A mi cabeza retorna la imagen de mi padre
mirando a mi madre años atrás. El paralelismo es inmediato. No sé cómo es el
susodicho, sin embargo puedo adivinarlo a través de los ojos de mi padre.
Después viene uno de esos besos que salvan vidas, que son tan necesarios como
insignificantes. Es curioso, no he sentido asco. Se abrazan y yo sobro. Cierro
la puerta y desaparezco.
Pulso el botón, esta vez para que el ascensor baje.
Y la sangre de mi ojo también baja. Y la de mi cabeza. Ahora todo me duele un
poco menos. Es evidente que necesito tranquilizarme. En serio que no entiendo
por qué he abortado un plan tan perfecto. Será que necesito tiempo. Esta vez mi
padre ha tenido que acercarme las gafas a mí. Todo sea para poder ver con claridad,
incluso a través del morado.
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