viernes, 26 de junio de 2015

Décimas de segundo

Se cruzaron en mitad de una calle transitada del centro. Lo peor para ambos fue que apenas pudieron prepararse el personaje, pues sus miradas se encontraron cuando ya estaban a escasos metros. Se acercaron empujados por una mano invisible, por la misma que hizo que se alejaran meses atrás.

Desde luego, el momento no podía ser de lo más inoportuno. Para uno era demasiado pronto. Para el otro, demasiado tarde. Aun así todo el calor que desprendían el asfalto y las fachadas se concentró en sus ojos negros y verdes, en sus ojos rojos y blancos, en sus sonrisas impresas. En la de uno ponía “recién pintado”. En la del otro ya volvía a haber desconchones.

Y al principio nadie supo qué decir. Qué complicado resultaba. Sonreían. La voz no salía. Era como en esas pesadillas que ambos habían tenido. Uno las había seguido padeciendo hasta el momento. El otro, sin embargo, las soñó todas de golpe. Contenían las respiraciones para no deshacerse, para no rehacer lo que fueron, para no tener que ver lo Nuevo.

Apenas fueron unas décimas de segundo. Hay quien dice que ambos pasaron por el mismo proceso y hay quien lo cuestiona. Se quisieron, se odiaron, se echaron de menos, se sintieron vencedores y después vencidos, se dieron cuenta de que ahora respiraban, se sintieron marchitos, se rieron a carcajadas, se hurgaron en las llagas secas y frescas, se desearon, se dieron asco, se reconocieron y a la vez se extrañaron. Se volvieron a enamorar. Como si jamás hubiese ocurrido lo que ninguno recordaba: uno porque no podía; otro porque no sabía.

Al final las palabras brotaron. Nadie nunca dudó jamás de si se dijeron algo interesante. No obstante las palabras fluyeron gráciles, orgánicas, como espirales azules y vaporosas que nacían de sus labios y morían prematuramente en la punta de sus narices. Qué fácil les resultó. Pudieron volver a hablar.

Con el tiempo se olvidaron de esos instantes previos al primer reencuentro. Ninguno sospechó que la vida podría esconderse ahí, en esas fugaces décimas de segundo que no se pueden reconstruir, que no les pertenecen. De repente los muros se desplomaron en un parpadeo, sin embargo no pudieron ver lo que tras ellos se escondía. Tal vez algo en ellos no quería verlo. Tal vez fuese un secreto.

Hay que quedarse con lo importante. Lo importante es que pudieron volver a hablar. Lo importante es que nunca hablaron sobre esas fugaces décimas de segundo sin importancia.

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