Y si
empiezas esta carta diciéndole, por ejemplo, que a veces se abre una fisura en tu
espalda. Que ya no está él para echar vinagre en ella, pero que escuece igual.
Si por un momento te permites romperte y le dices que no quieres a otro como
él, ni otra historia como la que tuviste con él. Si le dices que lo quieres a
él. Y punto. Y lo quieres como a esos zapatos de domingo, que te destrozan los
pies, pero que no puedes evitar que te encanten. Tú te sientes cómodo con ellos. Hasta que te los
quitas y las empollas te abrasan.
Plantéatelo.
Llámalo y dile que quieres verlo. Que tienes frío por las noches. Que duermes
mejor sin él, pero que echas de menos que te despierte cada media hora. Que
ahora descansas, pero que cuando te despiertas la cama huele bien, y lloras un poco porque
él no va a volver del baño. Y porque no le oyes cantar así de mal. Y porque ya no sube las
persianas sin considerar que tú aún estás dormido. Ármate de valor. Repróchaselo
aunque sea. Que echas de menos todas sus mierdas. Que todo lo que odiabas de él esta noche lo necesitas.
¿Para qué hacerse el duro? Si él sabe que no lo eres. Sabe que te derrites al primer
tembleque. Sabe cómo hacerte temblar, y lo va a conseguir. Lo va a conseguir.
Hay personas, pocas por fortuna, que tienen el don de colarse por tus fibras
más frágiles. Y arañan. Y muerden. Y te sientes vivo porque sientes que te están matando. Que te estás matando.
A lo
mejor la vida sólo es vida cuando ésta corre peligro.
Buenas
noches.
Es casi
seguro que lo peor de todo es que saber que tú también me echas de menos ha sido todo un
alivio.
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