Hace tiempo que valoro la coherencia por encima de todo. Tal vez esto sólo lo haga para convertir esta virtud en un
mecanismo de defensa, en un somnífero o en el último listón flotante de un barco que
ya ha naufragado; pero, aun con todo, me gusta creer que es una de las mejores cualidades que un ser humano maduro, sano y responsable puede poseer. Me sienta bien
creerlo. Un mundo inteligente y razonable parece ser un buen lugar para vivir.
No obstante nunca he dejado de preguntarme qué es la coherencia. Me gustaría saber de una vez qué significa ser coherente. Dicen que la coherencia es
actuar en consecuencia con tus ideas. También dicen que la coherencia es
actuar en consecuencia con tus decisiones. Sin
embargo, y pese a quien pese, que pesa a muchos, no siempre lo que se piensa y lo que se decide se corresponden. A veces sí, a
veces los dioses dan una tregua y ambos conceptos concurren hacia un mismo lugar. Hay que reconocerlo, saberse en el camino correcto, convertirse en lo que uno sueña ser, llega a ser una sensación casi orgásmica. Pero otras… otras toca llenarse el corazón de nudos y
caminar metiendo barriga por mucho que estos aprieten.
Una vez
me dijeron que lo importante no son nuestros sentimientos. Lo que importa es lo que hacemos con ellos. Yo, por supuesto, me grabé a fuego este mantra como si de la panacea se tratase. Sí, lo reconozco por pueril que suene, porque de alguna manera estas palabras resultaron como un antídoto a un veneno que yo mismo me había ido inoculando a base de tiempo y fantasías. De repente, todo lo que fluctuaba dentro de mí carecía de importancia. ¿Existe algo más maravilloso que poder librarte de lo que más pesa con tan sólo un empujón? Pues eso hice. Por una vez me vi frente al timón contemplando el mar sin miedo, ese Azul
al que nunca me había atrevido a mirar ni siquiera de reojo.
Sin embargo en la etiqueta de un sentimiento debería poner “Inflamable”. “Frágil”, por
desgracia, no. Los sentimientos abrasan en las manos, esto ahora me lo sé de memoria, pero, por entonces, ¿yo qué iba a saber si jamás me había atrevido a acariciar a uno
por si me mordía los dedos?
Como es de imaginar, ir desatando cada uno de los nudos que yo mismo me había ido haciendo fue como una suerte de Renacimiento. Al fin pude darme el capricho de abrir las
compuertas y dejar que todos esos demonios saliesen cual jauría de animales salvajes. Corrían. Ladraban. Levantaban polvo. El miedo permanecía, eso sí, por mucho que los de fuera trataran de tranquilizarme. “Ignóralos. Ya se irán”, me aseguraron.
Pero no.
No se marchan. ¿Por qué no se marchan? Ya aprendí a ignorarlos, que no a huir
de ellos... ¿no? “Estás
siendo coherente”, me prometieron. ¿Coherente con qué? Con lo que he decidido yo.
Con lo que me dijeron que debía decidir. Con lo que se supone que es mejor, es
decir, aquello que persigo a ciegas como si en su interior se escondiese la receta
de las felicidades varias.
Es
inútil. De verdad que es inútil. Cada noche un demonio diferente se acuesta a
mi lado. Me mira. Me sonríe. Cambia de forma y de gesto. Y yo creo que siempre
es el mismo, mi viejo mentor convertido en lo que más detesto y en lo que más me
aterra, intentando provocarme para que termine con esta absurda coherencia que me
vendieron y que tan sólo viene acompañada de silencio y frases inacabadas.
Ojalá pronto me convenza para volarlo todo por los aires. Ojalá pronto pueda mirarlo más
de diez segundos a los ojos sin que me lloren las tripas de vergüenza, y pueda besarlo, y
follármelo hasta que se largue exhausto. Maldito demonio, que
sois mil y a la vez eres el mismo, no me pongas más espejos. No me pongas más
espejos. No quiero volver a mirarme.
Pequeño
e insistente demonio, yo ya sé que tú eres lo único que queda del que un día
fui.
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