En el
fondo sigues mirándome como quien contempla el mar por primera vez, tratando de
preguntarlo todo para saberlo todo, para no perder ningún detalle de lo
que puedes ver y, sobre todo, de lo que no puedes ver bajo la tranquilidad de
las olas.
En el
fondo me sigues abrazando como si nunca hubieses dejado de hacerlo, como si de pronto
necesitaras agarrarte a mí para no terminar de caerte, o para que yo no termine de largarme,
o para detener con tus brazos el terremoto que ya está en marcha y que sabes que
no se puede parar.
En el
fondo siguen siendo inevitables las caras de tontos, los picores en la espalda
tan molestos pero tan placenteros de rascar, la rabia que da ese hipnótico remolino
que no deja de marearnos y de hacernos vomitar por no saber soportarnos.
En el
fondo sigues escupiéndome verdades a la nariz para después poder limpiármela con las manos sucias.
En el
fondo tú también estás entendiendo que todo ha cambiado y que, sin embargo, no hemos
avanzado nada.
En el
fondo, sí. Muy en el fondo. Es decir, allí donde tú te encuentras.

No hay comentarios:
Publicar un comentario