Feliz
cuarto aniversario, botoncito mío. Espero que tú también te hayas acordado. Tranquilo,
que en caso de que no haya sido así mi carta te lo recordará. Hoy, justo hoy,
hace ya cuatro años que nos conocimos. Qué jóvenes éramos entonces. Parece que
ha pasado mucho más, ¿verdad? Parece que no nos hayamos separado en siglos.
¿También tú tienes esa sensación?
Hace
cuatro años, botoncito mío… Hace cuatro años ya que me paraste en las fiestas
de aquel pueblo perdido de Castilla, vestido de verde y naranja y con esa
sonrisa demoniaca, sólo para decirme lo guapa que estaba. Qué mentiroso me pareciste
entonces, y cuánto más me lo pareces ahora. Pero tus mentiras… en ese instante tus mentiras pasaron a ser un dogma cuya estela sólo se podía o seguir a ciegas o abandonar sin reproches.
En la
verbena de la plaza sonaba Highway to
hell, de AC/DC. Estoy segura de que eso sí lo recuerdas. Estoy segura.
Otra cosa no, pero tú buena memoria has tenido siempre. No sé si fue por el
temazo que la orquesta destrozaba sin piedad, o por el garrafón de la última
peña a la que fui con mis amigas, o porque tus mejillas iban a estallar en
cualquier momento; sin embargo me venciste. Me venciste con sólo un piropo. Con
nada más que llamarme “guapa” yo ya sabía que íbamos a pasar más de cuatro años
juntos. Llámame estúpida, pero los dos siempre fuimos algo místicos, botoncito
mío.
Mis
amigas, mi hermana, mi madre… En ninguna de ellas existía un atisbo de duda. Un
nuevo amor de verano ya se cocinaba a fuego lento, y a saber qué guiso podría
salir de semejante mezcla. En apenas unos días lo tuve claro. Tú, cocinero. Yo,
el ingrediente secreto de tu plato estrella. El triunfo era imposible el uno
sin el otro. Por mucho que me haya costado escribir esta última frase, debo
reconocer que así era. Saberme guisada, saberme a salvo en tus manos… aquello
era lo más parecido a un sueño que he tenido nunca. Cuando tienes quince años
parece que la vida se te va a tragar en cualquier momento, que de tanto que
sientes se te va a poner la piel de color rojo.
El
tiempo pasa tan rápido cuando estás enamorada... ¿También te ocurre a ti? Ocho meses de microviajes en bicicleta, de tu pueblo
al mío y del mío al tuyo. Ocho meses de aquellas noches de luna llena en las eras, de
Perseidas que a mí siempre se me escapaban pero a las que tú pedías por mí.
Siempre fuiste muy avispado. Ocho. Ahora parecen un suspiro al lado de estos cuatro años.
Sin embargo no lo fueron, botoncito mío. ¿Sabes? Fue entonces cuando aprendí a
valorar que los grandes momentos siempre se escapan, y que puede que vengan otros igual
de grandes, pero se escapan. Se escapan y no se puede hacer nada. No se
puede.
Fue una
lástima que los párpados se te secaran tan rápido. Comenzaban sin remedio las
excusas. Y las frases a medias. Y los titubeos que desembocaban en aquellos “no
lo sé”. ¿Qué pasó? O el cocinero había perdido su toque o el ingrediente
secreto había perdido calidad, o chispa, o había dejado de ser secreto.
Entonces yo tampoco sabía. Y las sospechas, y los rumores de amigas de amigas
que me decían que te habían visto por el pueblo con esa sonrisa demoniaca, con
las mejillas al borde del colapso y, de nuevo, con los párpados reflejando un
brillo que a ellas les cegaba. Todo eso se me pegó en la espalda, picaba y escocía por momentos, y ni podía ni
quería ni sabía cómo librarme de ello. De pronto el ingrediente secreto ya no sabía a
nada. Ya no valía para tus mejores platos. Tus habilidades culinarias ya no servían conmigo.
Cambiaste
el rumbo de la noche a la mañana. Tú decidiste empezar con ella. Tus microviajes en bici serían a otro lugar. Yo no pude
decidir. Así es, me quedé contigo, botoncito mío. ¿Te acuerdas de lo de
botoncito? Ahora lo pienso y no sé por qué te lo llamaba. Porque los botones son pequeñitos, pasan desapercibidos cuando están, pero
cuando no están son verdaderamente molestos de añorar. Te obligan a agarrarte
la ropa para que no se te caiga, para no quedarte desnuda. Nunca debí llamarte así, pero si dejo de hacerlo quizás te pierda. Yo siempre te di el
valor que tenías, botoncito, aun cuando abrochabas mi espalda y yo estaba a
salvo nunca olvidaba dar gracias a todos los santos del pueblo por tenerte ahí,
protegiéndome del frío.
Hoy, cuatro
años conociéndote. Cuatro años en los que no has dejado de sorprenderme. Bastó
con ocho meses contigo para poder continuar averiguándote a solas en lo oscuro,
diseccionándote, limando a mi favor las piezas de un puzle que aún no está terminado. Tú
ni lo sospecharás, pero te conozco tanto que a veces siento que me estoy volviendo
loca. He terminado por deducir todo lo que tú preferiste no mostrarme. Y ya sé que en estos cuatro años ha habido varias chicas de la
comarca a las que llamar “guapa”. Sé que las seguirá habiendo. Eres cocinero a
la carta. Pero me consuela saber que ninguna permanecerá en el tiempo como yo. Ese debe de ser mi premio. Por supuesto que conlleva una parte negativa, como todo, y a
veces creo que te invento y me creo mis propias tonterías, como, por ejemplo, que siempre
tuviste muy buena memoria, o que siempre fuimos algo místicos. Tonterías
todo, es cierto.
No, no
te asustes. Yo tampoco quisiera regresar a tu lado. Hace tiempo ya que decidí
que quería estar contigo pero sin ti. ¿Tiene esto algo de malo? A veces sé que sí,
luego lo olvido y mi cabeza me juega malas pasadas; y sigue quitándote cada una
de las capas que te envuelve y te protege de eso que los mayores dicen que es
amar de verdad. Algún día te veré desnudo. Algún día nos veremos desnudos. Será
entonces cuando te abandone, por aburrimiento, o por vergüenza a descubrir que
en realidad no había nada más que un cuerpo desnudo y despojado de cualquier misterio.
Quizás
no sepa muy bien en qué momento exacto hay que parar de amar, pero sí sé
cuando hay que parar de escribir. No podemos pasarnos toda la vida expuestos.
Sería agotador.
Feliz
cuarto aniversario, botoncito mío.
Por
otros cuatro años como estos.
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