lunes, 7 de julio de 2014

Lamento de Blancanieves

(Voy a hacer lo que ningún autor que se precie debe hacer: adelantar justificaciones antes
de un texto. Lo que es un prólogo de toda la vida, pero este monólogo nace de una especie de necesidad personal, de un enthousiasmos, también de un juego; y no entiendo muy bien qué quiere contar. Lo siento.)


BLANCANIEVES: ¿De verdad alguien se creyó que yo tenía ganas de morder esa manzana?

Yo fui la pionera. La que despertó en todas esas mujeres la idea de que los hombres debían tenernos entre algodones. La que cayó dormida por primera vez. La protagonista. Tal vez algún enfermo se fijó en las celulíticas piernas de mi madrastra, pero cualquier macho que se precie ha fantaseado con mi sonrisa perfecta, con mi pecho lozano, con mis piernas abriéndose en esa tumba de cristal a la que nadie tenía acceso… pero me extraña tanto...

Después vinieron “las demás”. Fue como una plaga. Las princesas Disney empezaron a salir hasta de debajo de las piedras. Los castillos se saturaron. Y todos empezaron a admirarlas. A quererlas. Lo reconozco, pasé a ser una más. pero yo he sido la primera princesa Disney. La auténtica.

Tengo todas sus películas. No soy una psicópata, es sólo que de alguna forma me excita ver cómo cometen los mismos errores que yo. No las envidio, ¿eh? ¿Por qué iba a hacerlo? Yo ya soy libre. Sin embargo me jode ver cómo ellas creen encontrar el amor. Porque yo sé lo que les espera, y sé que acabarán tan amargadas como yo… estaba antes. ¡En serio, no las envidio! A mí ya me vino a buscar mi príncipe. Me besó y me despertó. Aquella noche cenamos perdiz. Riquísima. Mientras yo comía aquel suculento pájaro mi príncipe ya estaba imaginándome con el tanga en los tobillos. No tardó mucho en cumplir sus deseos, puesto que lo hicimos esa noche. Sólo esa noche. ¿Que qué pasó? Pues eso le pregunté. “Joder, es que te mueves fatal en la cama. Eres muy sosa”, me dijo. Sosa. Como esa perdiz estofada que sirvió en el banquete, que sabía a plástico. ¿Y qué esperaba? Él, muy coherente como futuro rey y macho alfa, quería una virginal doncella –lo que yo era-, pero también una leona en la cama. Y yo no soy Nala, soy Blancanieves. Así que me echó de su castillo, y me vine a este apartamentito en el centro. Sola. Con dos cojones.

¿De verdad alguien se creyó que yo tenía ganas de morder esa manzana? Había que guardar las apariencias, pero yo odio la fruta. En especial las manzanas. Lo que ocurre es que las manzanas no engordan, y son muy digestivas y buenísimas para… bueno, para un montón de cosas. Pero yo hubiese preferido morder una hamburguesa de esas del Mcdonald's. Ahí sí que no hubiese dudado un segundo en hincarle el diente. Y para bajarla, una buena siesta, pero pudiendo despertar. No quiero volver a quedarme dormida nunca más.


Ojalá pudiese colarme en las películas de todas esas princesas y salvarlas yo de su letargo. Al principio sería raro, pero así aprenderían a no esperar a ningún gilipollas. Cuánto hubiese pagado yo si otra princesa me hubiese salvado a mí. Ahora viviríamos como hermanas, que no hermanastras, y seríamos felices y comeríamos hamburguesas del Mcdonald's, y no esa basura de perdiz. Todas juntas. (Silencio. Mira el reloj)  Ya son las doce. Será mejor que vuelva a palacio. Ya, ya sé que eso no forma parte de mi cuento, pero es que yo le tengo una fobia terrible a las calabazas.

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