Esa
noche soñé que nunca habías existido.
En
mitad de aquella nube de humo en la que me encontraba no brotaba nada. Nada. Tan
sólo se escuchaba el sonido de una percusión imperfecta, como la de dos
corazones que laten a gritos porque nada tienen que decirse. Nada.
Ni siquiera podía recordar tu rostro. Tus ojos,
que son lo único que consigo visualizar de ti con nitidez cuando no estás, se habían difuminado
en la espesa niebla que me envolvía. El azul perdió de golpe todo su sentido.
(…)
Después
me desperté, y tú seguías a mi lado, desnudo pero invulnerable. Caliente. Y muy
vivo. Te tenía. ¿Por qué nadie me había hablado de esa sensación antes? Toda la vida
oyendo gilipolleces, ¿y no puede haber un solo ser en el mundo que me anuncie
que todo lo sufrido iba a merecer la pena sólo por ese instante? ¿Cómo saber que
iba a gozar de la suerte de encontrar una solución tan inmediata a un problema
tan grave como era el hecho de perderte?
Bastó
con abrir los ojos. Con abrir los ojos. Qué fácil fue traerte de nuevo a mi
lado. Y qué satisfactorio. El cielo debe de saber a ese momento.
(…)
Sin embargo la gloria no duró demasiado. La euforia se escurría por mi estómago hasta derramarse por mis píes. No
tardé más de un par de segundos en notar cómo mi cuerpo se encendía, llegando a
superar incluso la temperatura del tuyo. El colchón, convertido en cenizas unas horas antes, ardía de nuevo. ¿Y si de repente volvías a desaparecer con la misma inmediatez? ¿Y si el hechizo esta vez se volvía irreversible?
Otra vez lo efímero…
¿Sigo soñando?
Debo
reconocer que me sentí como un crío, porque se me inundaron los ojos de lágrimas con sabor a leche. Una descarga eléctrica sacudió mis brazos y los
enroscó alrededor de ti. Traté de mantener la feliz idea de que aquello podría
retenerte aquí para siempre. Y al final me la creí. Pude dormir tranquilo.
.
(…)
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